
Hacia el inicio del siglo XX, el sistema económico, político y social hacía crisis, crisis que afectaba mayormente, con crudeza y como siempre, a los sectores más desposeídos, a los trabajadores y desocupados.
El norte de Chile, y principalmente la Provincia de Tarapacá, no estaba ajeno a este momento, lo que se agudizaba con las precarias condiciones de vida y de trabajo de los hombres y mujeres del salitre. La diferencia con lo que pasaba en el resto de Chile radica en que el Norte era una Gran Mina de Salitre, producto que hacia 1900 significaba el 68% del total de las exportaciones del país, no obstante ser de propiedad de empresarios ingleses, constituyendo el símbolo del capitalismo dependiente y primario exportador, todo lo que remecería aún más el escenario político y social al declararse la Huelga General en Iquique de 1907.
El movimiento comienza en la Oficina San Lorenzo, cuando los hermanos Ruiz en representación de los trabajadores salitreros le entregan al administrador, el inglés Turner, una carta exigiéndole un aumento de salarios, quien se niega terminantemente a cualquier tipo de aumento. Corría el Jueves 12 de Diciembre y se declara la huelga en San Lorenzo, y decenas de sus trabajadores marchan bajo el sol hacia la oficina Santa Lucía, ubicada a 8 kilómetros, cuyos obreros paralizan las faenas inmediatamente y se unen a la marcha, lo que luego harían los trabajadores de las Oficinas Salitreras San Agustín, Esmeralda, Santa Clara, Santa Ana, todos le declararon la huelga a los ingleses, a los gringos, a los patrones.
La huelga había prendido en la pampa como un reguero de pólvora, todos querían ser parte de ella, y 5000 obreros dejaron sus herramientas y marcharon hacia el cantón de San Antonio, pues corría el rumor de que el Intendente llegaría hasta allí a tratar de solucionar el conflicto. Pero ninguna autoridad se presentó a escuchar el petitorio obrero. La marcha continuaba. Ante la indiferencia de las autoridades locales y de los empresarios salitreros, los trabajadores decidieron dirigirse hacia Iquique, centro político de la región.
Las demandas apelaban a la dignidad y a la calidad de vida del obrero y sus familias: el pago de los jornales a 18 peniques, así como la libertad de comercio en la Oficina en forma amplia y absoluta y la supresión del sistema de pago con fichas; cubrir los cachuchos para prevenir accidentes e indemnizar a los heridos en el trabajo; una balanza y una vara al lado afuera de la pulpería y tienda para confrontar pesos y medidas; que el Administrador no pueda hacer arrojar el caliche decomisado y aprovecharlo después; conceder un local gratuito donde se fundarían escuelas nocturnas para obreros; y que el Administrador ni ningún empleado de la Oficina podría despedir a los obreros que tomaran parte en el movimiento.
El Domingo 15 de Diciembre llega a Iquique la interminable columna de obreros, donde se realiza una gran concentración y se elige un comité común para la lucha, un Comité de Huelga. El Comité de Huelga entró al edificio de la Intendencia a hablar con las autoridades, las que dispusieron de un convento para que los huelguistas pudieran alojar, a los que los obreros contestaron “¡no... no queremos nada con los curas”, entonces el Intendente dio una nueva posibilidad, un regimiento cercano, pero los obreros volvieron a gritar “¡no... con los milicos menos! ¡con los milicos no!”, y desde la multitud una voz anónima exclamó “¡A la Escuela Santa María!”.
Al amanecer del lunes 16 de Diciembre estaban paralizadas todas las oficinas salitreras de la Provincia de Tarapacá, así como también lo estaba la ciudad de Iquique: la Huelga General era un hecho. A los salitreros se sumaban los trabajadores de la ribera, los carreteros, los cocheros del ferrocarril urbano, todos se habían adherido a la huelga, todos los gremios enviaban sus pliegos de petitorios. Miles de trabajadores recorrían la ciudad, la que en los hechos estaba tomada. La clase obrera había paralizado el Norte entero. Al mismo tiempo, en Zapiga, en otro sector de la pampa, en el cantón de Pozo Almonte, se reúnen alrededor de 1.500 obreros y marchan hasta Iquique, para instalarse en la Escuela.
El martes 17 continúan bajando obreros desde los cerros, hombres, mujeres y niños que enarbolan banderas chilenas, peruanas, bolivianas y argentinas, todos se suman. Más de 6.000 obreros se reúnen cuando cae la tarde en la Plaza Prat, en pleno Iquique: toda la clase trabajadora en contra de toda la clase patronal. Al día siguiente, 18 de Diciembre, la oleada de huelgas continúan, y se suman a la Escuela Santa María más de 1.000 trabajadores de Pozo Almonte, Huara y Lagunas.
El jueves 19 se reúnen en la Plaza Prat cerca de 12.000 obreros, en momentos en que el Intendente de Iquique, Carlos Eastman, arriba al puerto en un barco de guerra, acompañado del coronel Roberto Silva Renard. En la tarde se reúne el Comité de Huelga y el Intendente, no hay acuerdo alguno, y este último exigen vuelta de todos los trabajadores a la pampa o no habría negociación.
El viernes a las 22 horas se dicta el Estado de Sitio, y la ciudad despierta el día sábado 21 con la ciudad copada por las tropas. A las 13:30 se forman en la Plaza Prat todas las fuerzas militares disponibles: el regimiento O´Higgins, el Rancagua, el Carampague, la
marinería de los cruceros, las ametralladoras del “Esmeralda” y la artillería, todas bajo el mando del General Silva Renard, dispuestas a atacar a los más de diez mil huelguistas distribuidos en la plaza Montt y la Escuela Santa María.
El General Silva Renard ordena que los huelguistas retornen a la pampa; los obreros se niegan, una vez más, reafirmando sus demandas. Alrededor de las cuatro de la tarde la orden de Silva Renard fue perentoria: ¡Fuego! ahí vino la masacre, hombres, mujeres y niños, murieron 3.600 obreros.
Terminada la masacre, el gobierno dispuso convoyes de trenes para trasladar a los sobrevivientes, al resto de los obreros, sus mujeres y sus hijos, trenes en los que cargaban el salitre, con carros sin baranda, hacinados, al tiempo que declara con desparpajo “que si en el país no se reprimen con igual energía los gérmenes de desorganización y anarquía que suelen venir desde arriba y que tan fácil eco encuentran entre las masas populares engañadas por los agitadores, la República perdería su unidad de Gobierno, su fuerza legal para hacerse respetar en todo caso y las autoridades de las provincias su prestigio para mantener el orden dentro del criterio que inspira al gobierno de S.E. el Presidente de la República".
ARTICULO ESCRITO POR EL COLECTIVO I.R.A. (INVESTIGACION, REFLEXION, ACCION) DE SANTIAGO....